Todo parece indicar que el capitalismo no es un sistema que se expande geográficamente, sino hacia el interior del cuerpo. La maquina del espectáculo entra en nuestros cuerpos al mismo tiempo que nuestros cuerpos entran en la máquina. Nos movemos a pasos agigantados a un mundo post-humano. En cualquier caso, la economía de los afectos emergente de la “mediatización de la política” está lejos de ser una de condicionamiento y control absoluto. El cuerpo no es simplemente la superficie donde los regimenes de poder estampan su sello. Muy por el contrario, si el cuerpo es transformado en blanco del poder es precisamente porque es un umbral de fuerzas, potencialidades, afectos, intensidades y pulsiones que realizan su propia lectura y escritura del espacio que sostienen, fabricando una circulación de sentido que es autónoma del orden cultural y simbólico estructurado por el lenguaje.
El cuerpo no está simplemente marcado y disciplinado por la comunicación. El cuerpo posee además la capacidad de enviar y recibir los signos e inscribirlos en si mismo, así como la capacidad del ser el soporte ontológico de todo proceso de comunicación. Es el cuerpo quien lleva a cabo los intercambios y correspondencias simbólicas entre los diferentes códigos que están en juego.[1] Este múltiple movimiento es sólo posible porque el cuerpo es el sitio de fuerzas, energías y afectos que transmiten y canalizan los signos que recibe. Y estas fuerzas corporales, traduciendo el signo en un nuevo signo, también generan un exceso de significación a partir del signo original, forjando así un espacio para la elaboración de resistencias y sentidos políticos alternativos.
Como lo señaló Merleau-Ponty[2], “la carne” es el medio por el cual nosotros recogemos el mundo, el pliegue reversible y reflexivo entre el sujeto y el objeto. Como agente codificador y decodificador, el cuerpo puede ser definido como una “infra-lenguaje”[3], el signo del signo, ya que, por medio de su sistema sensorial y gestual, maneja todos los códigos, crea metáforas, se mueve de un sitio a otro, ensamblando y desensamblando territorios. De todos los sistemas lingüísticos, el cuerpo es el único que corporaliza el signo, traduciendo palabras e imágenes en formas, olores, sabores, sonidos, y luego en conceptos, que son a su vez traducidos en nuevo sonidos y olores, y así infinitamente, sin dejar a su vez de ser un signo en su propio derecho.
El cuerpo es la pieza perdida en el rompecabezas de lo político y su relación con la comunicación y la cultura. Quisiera terminar entonces con dos insinuaciones o anuncios teóricos:
Primero: el lugar de lo político no es el lenguaje, y mucho menos la comunicación, el lugar de lo política es – siguiendo a Baruch Spinoza- el cuerpo y sus afectos. Desde la teoría spinoziana de los afectos[4], cada cuerpo posee la capacidad de actuar sobre otros cuerpos y que otros cuerpos actúen sobre el. Diferentes modalidades de afectividad entre los cuerpos involucra diferentes grados de composición y descomposición del poder corporal tanto individual como colectivo, pero en ninguno de los caso es el cuerpo una hoja en blanco, sino que puede ser perfectamente activista y militante, que desde sus insurgencias afectivas entra al campo de disputas en que hoy se ha convertido la vida misma.
Segundo: siguiendo el giro hacia el cuerpo y sus afectos quisiera desplazar y desestabilizar el imperialismo de lo que ha sido conocido como el “giro lingüístico” en las ciencias sociales y humanidades. Son indudable los aportes de este giro: fundamentalmente reconocer que el lenguaje no es un instrumento transparente del sentido cuya función es representar la realidad tal como es, sino más bien un vehículo por medio del cual interpretamos, entendemos y construimos el mundo y a nosotros mismos, incluyendo lo político. De acuerdo al “giro lingüístico”, sin embargo, el cuerpo es entendido como lingüística o discursivamente constituido, por lo tanto no podemos tener acceso o entendimiento de lo somático desde fuera del lenguaje. Parafraseando a Weber, nuestros cuerpos están atrapados en la jaula del lenguaje.
Los últimos desarrollos de la teoría socio-cultural están buscando restaurar o rehabilitar el lugar político del cuerpo y sus afectos por medio de lo que se ha denominado una ontología post-deconstructivista.[5] Siguiendo el aporte de Lacan en su (no)definición de lo Real así como la mirada deleuziana del deseo entre otras, es plausible sostener que el “giro lingüístico” en las ciencias sociales y humanidades deja de lado aquellos residuos, efervescencias, fisuras o excesos de nuestra corporalidad que no pueden ser designados o nombrados por un orden simbólico-cultural o el imperio de la palabra, tal como toda un gama de afectos e intensidades que están fuera o perforan la significación social y son la base de cualquier proyecto de resistencia. Aquí el lenguaje es del orden de lo constituido, y el cuerpo del orden de lo constituyente. Esto no significa retornar a visiones cartesianas o fenomenológicas de pensar el cuerpo como ente unificado, orgánico, conciente, intencionado o individual, pero reivindicarse de una materialidad sintiente, quebradiza, múltiple y agenciada, y así poder descubrir que cualquier práctica discursiva ES siempre-ya una práctica somatizada, sujeta a los devenires, resistencias y descontroles del psiquismo del cuerpo. La verdadera problemática política entonces no es definir cuál es el régimen discursivo que nos constituye como sujetos, sino más bien preguntarse ¿cuál es el cuerpo en que nos ha tocado vivir, y que podemos o no hacer con él? Después de todo, el cuerpo es la más preciada y delicada arma que poseemos.
[1] Jose Gil, Metamorphoses of the Body, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1998, p. 106.
[2] Merleau-Ponty, Phenomenology of Perception, London, Routledge and Pail Kegan, 1962. y The Visible and the Invisible, Evanston, Northwestern University Press, 1968.
[3] Gil, Metamorphoses of the Body, p. 110.
[4] Spinoza, Ethics, Wordworth Editions, Hertfordshire, 2001.
[5] Brian Massumi, “The Autonomy of Affect”, in Deleuze: a Critical Reader, Blackwell, Oxford, pp. 217-239. Ver también Claire Colebrook, “From Radical Representation of Corporeal Becomings: The Feminist Philosophy of Lloy, Grosz and Gatens”, Hypatia, Vol. 15, Nº 2, 2000, pp. 76-93. Una crítica de estas perspectivas la hace Clare Hemmings, “Invoking Affect: Cultural Theory and the Ontological Turn”, Cultural Studies, Vol. 19, Nº 5, September 2005, pp. 548-567.